Después de una serie de piezas denominadas “sillas-trampa” en base a intervenciones escultóricas que se desarrollaban a partir de muebles domésticos, tomando las sillas como una pieza de instalación en relación con un espacio y combinando escultura y dibujo de una manera simple, borrando partes y conectando otras, buscando otra visión del visitante en la que la silla se transforma en una posición o en una representación de un punto de vista, Marcos Vidal, empieza con una serie de instalaciones donde aparecen sillas en proceso de fusión o de colisión.

Estas sillas se convierten en un nuevo objeto, una nueva forma producida en la confluencia de varios puntos de vista, donde muchas veces está más presente lo invisible, la parte sustraída. La silla como punto de vista, pero no un punto de vista cómodo, si no uno realmente incómodo y en una especie de frontera cerca del abismo, en la que el espectador contemporáneo ya no se siente tranquilo al contemplar una realidad que, en sí, es una trampa.

“Banco-cruz” es un nuevo paso con una simbología cristiana. Como en otras obras Vidal revisa la figura de Cristo, el rebelde, el gurú, el sufridor, con el cual nos identificamos o a quien acudimos en los momentos amargos. La cruz señala un lugar, un emplazamiento no placentero ni hermoso. Cuantas historias de dolor, cuantas cruces señalan nuestras vidas, cuantas penitencias portaron otros que conocemos. En este caso el “Banco-cruz” nos invita a padecer en su incomodo asiento y su áspera superficie. Quizás una reflexión de lo difícil que es creer en algo o, sencillamente, una imagen de lo fácil que es caer de nuevo.

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